Vestidos años 50, pinup, rockabilly, swing, madmen...

TE LLAMARÉ POR TELÉFONO

Conoces a un chico que no está nada mal, y piensas ”uhmm…” y mientras le observas de pies a cabeza, te preguntas qué tal será en la cama. Ha quedado que te llamaría.

Te llaman. Oyes a tu nuevo amigo hablar por teléfono. Al principio te extraña su voz. Claro, es nuevo antes que amigo. Le imaginas y te sitúas. Hablar por teléfono es un idioma completamente extraño cuando se refiere a voces de citas porque lo que en presencia lo arreglas con gestos corporales, bromas tontas, sinsentidos… los huecos telefónicos hay que llenarlos con conversaciones articuladas en palabras con alguien a quien realmente no conoces y con quien no tienes nada de que hablar en realidad. Este tipo de conversaciones, cuanto más breves, más sabias. Y es mejor que no tenga ningún tic o recurrencia en su expresión lingüística (comenzar todas las frases con Ciertamente”, por poner en ejemplo) porque estos detallitos por teléfono se amplifican y puede que el chico comience a dar repelús antes de tiempo.

Habéis quedado para una primera cita. Ves a tu amigo, tú esplendorosa como ninguna, y él no sonríe. Piensas, “vaya, qué día tendrá hoy”, y mientras le escuchas repetir cien veces lo mismo (parece que no para de hablar del mismo rollo), te preguntas para qué narices te has depilado, alisado el pelo, revuelto todo el armario hasta dar con el vestido perfecto, y has exfoliado el rostro, puesto una mascarilla, hidratado, maquillado y pintado y borrado la raya 10 veces hasta dar con el trazo perfecto… “¡SI SOY TRANSPARENTE”!

Tu amigo se interrumpe, de pronto, mirándote sorprendido después de media hora en la que estabas ya pensando darte a la bebida. “pero que guapa estás, perdona que esté así pero me he quedado dormido y no me ha dado tiempo a arreglarme, no te importa, ¿verdad?”. “No, que va”, dices tú. Mentalmente te repatea que no se haya dado ni una ducha, y además •¿Qué se ha dormido? O sea, no le tenía nervioso haber quedado conmigo.” La cosa empieza mal. O cambias de actitud o hay desastre asegurado.

Afortunadamente la tarde se arregla, tenéis unos besos apasionados en la puerta de casa y subes a casa tan feliz.

Ha quedado que telefonearía, y piensas, “uhmmm a ver cuánto tardas en llamarme”, mientras haces cálculos para este sábado y los siguientes hasta que se jubile y podáis ir a vivir a las Bahamas.

Si bien le has gustado, no te cabe la menor duda a la vista de los besos tan apasionados del sábado, no esperes que te llame el domingo porque eso sería demostrar demasiado interés a la primera de cambio. Lo normal es que llame de lunes a miércoles. El jueves está demasiado cercano al fin de semana y puede pensar que ya tienes planes, con el lógico temor a ser rechazado. Desde que un chico queda en llamarte en tu interior se ha disparado el pistoletazo de salida y empieza la marcha atrás.

El lunes vuelves de trabajar y te das una reconfortante ducha fresquita para que se evapore el cansancio de la voz y tus palabras suenen dulces y despreocupadas. Pones música y te afanas en recoger la casa porque algo te dice que tiene una ventanita en el auricular del teléfono por el que verá el caos de la ropa sucia desperdigada por el suelo y las tazas rezumante de moho de debajo de la cama. Sin embargo, pasan las horas y la templanza se torna en impaciencia. Y te dice, claro, cómo va a llamar si me he pasado toda la tarde pegada al teléfono. Así que vas al quiosco a comprar el último cosmopolitan y te entretienes mirando las rebajas de los escaparates para perder tiempo. Al llegar a casa te asomas por la puerta del salón esperando encontrar una lucecita roja palpitante en el contestador. Pero el destino parece que te ha dejado de lado y la soledad se apodera de la casa. Llega la hora de acostarse y te vas resignada a la cama, inventando mil excusas y acusándote de mal pensada.