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BUSCANDO LO QUE NO DA EL MARIDO

Una calurosa bienvenida de Malachuca:
He crecido en Palencia, una ciudad pequeña que está a cuarenta kilómetros de una más grande. Cuenta el mito urbano que un grupo nutrido de mujeres casadas cogían, solas, puntualmente el tren de los martes a las 5 de la tarde dirección Valladolid para encontrarse con sus amantes en la segunda planta del Corte Inglés. Regresaban en el regional de las nueve, justo para llegar a casa a hacer la cena. Tenían poderosas razones para tener aventuras extramatrimoniales.



Tópico de hoy: Buscando lo que no da el marido

La mayor parte de las mujeres que tienen un amante buscan una vida más auténtica, necesitan que los amoríos las provean de la intimidad y el apoyo emocional que no les soluciona el marido. En muchos matrimonios se repite la pauta de condescendencia y falta de intimidad emocional necesarias para que una persona se sienta importante para otra. Así pues, muchas mujeres se sirven de las aventuras para mantener un matrimonio mediocre que de otra manera no podrían sobrellevar. ¿Que la da el amante que no la da el marido? Lo he dicho, fuerza emocional: la busca, la escucha y la hace saber que la necesita.

La historia de un matrimonio estándar comienza con el amor y diariamente la pareja se pierde por las esquinas cada dos por tres. Cuando el candor baja el ritmo la frecuencia de las relaciones sexuales se cuenta por semanas y después por meses. Con el transcurso de los años la pareja aprenden a convivir con un compañerismo a largo plazo y se acaba amando al marido como si fuera un amigo o un hermano. Se vive en una agradable entente cordiale hogareña que proporciona estabilidad y solidez  al hogar aunque escasa pasión a la pareja. Y así empieza la apatía conyugal.

Los matrimonios suelen verse poco y el centro de operaciones es el dulce hogar, reino de la mujer por antonomasia y saco sin fondo de horas femeninas de trabajo doméstico. Y ese es el origen principal de todas las discusiones: la costumbre del hombre de evadirse de sus obligaciones domésticas cuando la actividad o las circunstancias requieren la participación de los dos. Por lo general son discusiones triviales alrededor de causas triviales que acaban provocando mosqueos recurrentes y particulares de cada casa. Si el hombre persiste en su inconsideración o su no cooperación llegará un momento en que no habrá más peleas, sólo un silencio fatigado, colérico, reprimido, frustrado, trastornado y deprimido. La esposa generalmente es la que intenta que se aborden los problemas para superarlos juntos pero si el marido persiste en no dar señales de interés en su mujer y en sus puntos de vista la acabará perdiendo íntimamente como ya la perdió intelectualmente. Son las consecuencias del congelamiento emocional.

Los maridos que pertenecen a la vieja escuela (para eso no hace falta ser joven o mayor) en lo que a relaciones sexuales se refiere, se limitan a un coito y cuatro escarceos sexuales previos. Hasta que puede llegar un momento en el que la mujer se canse de tanta insatisfacción sin que su marido ni intente remediarlo y sea ella la que lógicamente busque soluciones por su cuenta. ¿De qué sorprende entonces que la mujer se vaya con otro a quién sí le interese que ella disfrute del sexo y no piense solo en su satisfacción exclusiva? Este tipo de experiencias consiguen que la mujer sienta su atractivo y su sexualidad, el interés de su amante reafirma su personalidad y hace que ella se sienta una mujer de carne y hueso y no un objeto doméstico. En este caso la infidelidad sería una manera de hacer la relación monógama más llevadera. Una situación que la despierta y le hace sentir viva. La aventura la permite sentirse como una persona inteligente, de igual a igual. La ventaja que tienen los amantes es que te atienden aunque sólo sea porque no tienen tu presencia asegurada, y si no te escuchan, te irás.

¿Significa esto que una aventura es sinónimo de que un matrimonio vaya mal? No necesariamente. Todo depende del tipo de compromiso adoptado por la pareja. Algunas mujeres hacen sus votos en la convicción de la unidad emocional con la pareja. Son mujeres que creen firmemente en la monogamia y en todos los aspectos que el matrimonio debería incluir: respeto mutuo, confianza, honradez y amor. Quienes creen en estos principios y realmente los profesan, suelen experimentan la infidelidad por cuestión de sexo. Normalmente no les agrada la experiencia y vuelven a su marido con renovado ímpetu. Estas relaciones atraen sobre todo a las que llegaron vírgenes al matrimonio.

Otras parejas se alían para formar una base hogareña estable pero de la que espera poco emocionalmente. Aquí la doble vida tiene un carácter más inofensivo espiritualmente. Esta mujer suele sentirse aislada, excluida o acosada en su matrimonio. El amorío es una forma de disfrutar, de reafirmar la propia identidad. Las aventuras amorosas fuera del matrimonio la hacen soportable la vida marital y sirven para mantener un matrimonio inadecuado. A lo largo de los años suele tener varias relaciones concurrentes y algunas exclusivas. Puede que busque amor, sexo o ambas juntas a ser posible. Las aventuras enriquecen su vida y la ayuda a buscar relaciones platónicas en un matrimonio que salvan virtualmente.

Hay más mujeres con una doble vida de lo que se piensa. Y no hay un perfil definido. Según el informes Mujeres y Amor de Shere Hite siete de cada diez mujeres casadas más de cinco años mantienen o han mantenido una relación extramatrimonial: puede que trabajen en casa o tener un empleo, tener hijos o no tenerlos, ser un matrimonio apacible tipo pareja perfecta o tener desavenencias continuas pero de los que no separan.

Es raro que la mujer se busque un amante por despecho a una infidelidad del marido. Cuando tiene un amante es porque lo necesita y la gusta, pero no porque le ame; el amor aquí poco tiene que ver y siempre suele dejar bien claro a sus amantes que su marido es lo primero. La mujer no suele enamorarse de sus aventuras pero en el caso de que se enamore no es razón para que se divorcie. Si se divorcia es por la degradación de su matrimonio pero no por la intervención del amante a pesar de que pueda amarle más que a su marido. En este caso prefieren continuar con sus amoríos fuera del matrimonio como un medio estable de vida. Pero, aunque no ame al amante, las relaciones suelen ser largas con una media de duración de cuatro años, fuera de los encuentros ocasionales. Y si te estás preguntando si todo este tejemaneje la hace sentir sentimientos de culpabilidad o remordimiento, la respuesta es bien fácil. Lo normal es que no.

Devotamente tuya,
Malachuca